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Hacía ya muchos años que no actualizada esta web, pero ahora ha llegado el momento de hacerlo, porque la ocasión merece la pena.

 

Resurrección (aniversario 1998-2018)

 

Han transcurrido 12 años desde que maté mi último novillo y me retiré de los ruedos y la verdad es que han pasado muchas cosas desde entonces.

 

Al principio hubo un largo periodo de oscuridad en el que, por mucho que me esforzara, ya no le encontraba ningún sentido a mi vida y las canas fueron asomando para tornar de gris buena parte de mis pensamientos. Hastío y desesperación ganaban terreno arrebatándome todas las energías vitales mientras la voz de la soledad susurraba anhelos sombríos y autodestructivos…Había fracasado, ni siquiera había llegado a tomar la alternativa…ya nada merecía la pena.

 

Mi corazón, que tantas veces había latido con fuerza en las tardes de toreo, ahora agonizaba débil y quebrado por la ausencia de ilusiones.

Pero la vida sigue y, luna tras luna, no dejaba de meditar desde mi pequeño rincón en medio de la naturaleza, esforzándome por convencerme que la tauromaquia no es lo único que existe en el mundo.

Me aparté completamente del “mundillo” y trunqué con todos los contactos taurinos, manteniéndome bien alejada de las ferias y las plazas de toros para evitar sentimientos negativos por la extraña sensación de no pertenecer ya a ese mundo; me sentía fuera de lugar, pero tampoco era capaz de encontrar otro sitio en donde sentirme a gusto…tan sólo perdiéndome en el campo, tal vez.

 

He intentado rellenar el abismo con otros deportes y aficiones como el buceo, la pintura, cultivar un huerto…y así he ido sobrellevando el paso de los años mientras mis cicatrices han ido curando despacio.

 


 

Poco a poco fui abriendo mi mente para empezar a relacionarme con otras personas fuera del mundo del toro y me di cuenta de todas las cosas que había sacrificado por mi sueño de ser torero. Empecé a tener amigos y a salir de casa para hacer otras cosas que no fueran entrenar, ir a una corrida o torear; redescubrí el arte, la música, la literatura…y una visión mucho más amplia de la vida y del ser humano.

 

Antes, para mí era inconcebible estar en una reunión sin hablar de toros, o leer un libro sobre otra cosa que no fueran toros, o no disponer el ritmo de mi vida en función del toreo…vivía en una burbuja…una hermosa y frágil burbuja que terminó reventando como una pompa de jabón.

 

Y cuando crees que ya has vivido lo más grueso o lo más importante de tu vida empiezan a ocurrir cosas impensadas, como por ejemplo el encuentro inesperado con el que ahora es mi marido.

 

Llevaba varios años viviendo sola y me había acostumbrado a ello y francamente estaba convencida que seguiría así el resto de mi vida, ya que no estaba por la labor de llevarme la enésima desilusión y tampoco tenía ganas de “aguantar” a nadie (ya tenía bastante con tener que aguantarme a mí misma), además pensaba que tampoco habría nadie con ganas de compartir su existencia conmigo. Pero las cosas ocurren cuando menos te lo esperas y al final te cambian la vida.

 

Encontrarle ha sido providencial y ambos nos hemos aportado cosas muy positivas el uno al otro, pero en mi caso, además, estoy convencida que en aquel momento era muy necesario para mi salud mental.

 

Nuestros caracteres son parecidos y nos entendemos y complementamos muy bien. Ninguno de los dos somos dominantes y ambos respetamos el espacio del otro. Nos conocemos muy bien, aceptándonos y amándonos tal como somos, sin necesidad de cambiar ni de fingir o interpretar un papel que no nos pertenece.

 

Nunca, desde que había nacido, había tenido a mi lado a una persona que me diera tanta seguridad (ni siquiera mis padres), me refiero a que su trato hace que me sienta a gusto conmigo misma. Me ha rescatado como persona y he recuperado la confianza y las ganas de vivir.

 

He podido volver a ser niña y así he crecido…he podido confiar y así he recuperado la serenidad…he podido compartir y eso me ha llenado…he podido entregarme y he recibido amor…he podido expresar mis sentimientos sin miedo a ser herida o a no ser comprendida.

 

De pequeña era una niña muy tímida e insegura, me sentía fea, diferente, inútil, estúpida, rara, no aceptada. Era introvertida y de lágrima fácil y solía pasar las horas en compañía de animales o jugando con un amigo invisible.

Supongo que al crecer mi yo se rebeló y quiso desprenderse de ese pesado lastre de miedos e inseguridad que me aprisionaban…y que mejor forma de hacerlo que enfrentarse al peligro y al miedo en su estado más primario.

 

Ver mi reflejo en los ojos de un toro me hacía olvidar lo rara o lo inútil que me había sentido en el pasado, porque yo era capaz de estar ahí delante, mientras otros miraban desde el tendido…y si encima el toro era bueno y conseguía relajarme con él, me transportaba a otra dimensión en la que ya nada importa.

 

Lo que ocurre es que cuando tuve que dejar mi sueño de ser torero por imposible (mi situación económica no me permitía tal locura), volví a sentirme inútil e incomprendida…hasta que encontré a mi marido.

 

Él no es taurino, pero sí le gustan los toros, aunque no se puede decir que sea un aficionado. Cuando nos conocimos, el toreo estaba muy lejos de mí y una torera no era desde luego su ideal de mujer…pero con el trato se dio cuenta que una mujer torero puede estar llena de ternura y de atenciones como cualquier otra o más…no por ser torero tiene una que masculinizarse…a mi también me gusta ser conquistada y sentirme arropada y protegida por el hombre que amo y admiro.

 

Una mujer torero no debe buscar la competición con los hombres, sino su compenetración con el toro desde la base de su forma de ser y de sentir…pero es verdad que resulta harto complicado, ya que es un mundo de machos y, como dice el dicho: quien con lobos se junta, a aullar aprende.

Cuando una chiquilla decide emprender la aventura de torear, sus maestros, o las figuras en las que quiere reflejarse, siempre son varones e inevitablemente le transmiten actitudes y modales masculinos de los cuales luego es muy difícil desprenderse. Yo creo que la mujer posee una elegancia natural que, adaptada al toreo, se puede traducir en armonía y templanza.

 

En un principio, cuando a mi marido le comentaba que me apetecía torear, a lo mejor alguna vaquilla o bien en un festival, no le hacía ninguna gracia y es comprensible que a uno no le guste que la persona que amas ponga en riesgo su vida innecesariamente, pero con el tiempo fue dándose cuenta que eso es lo que me hace sentir viva y feliz…y, como lo que más le gusta es verme feliz, ha terminado por compartir conmigo esta ilusión.

Cada año, desde que me conoce, ha podido comprobar que cuando retornan las golondrinas me asaltan las ganas de volver a mecer la embestida de alguna becerra. Cuando los días de primavera lucen soleados, a veces digo:-¡Me hierve la sangre!…y él ya sabe a que me refiero: el “gusanillo” está haciendo de las suyas.

 

 

Bien, con el paso de los años y la experiencia que nos da la vida, he empezado a comprender que las cosas no ocurren porque sí. Uno repasa las situaciones que ha vivido y se da cuenta que cualquier cambio o detalle en el desenvolverse de los acontecimientos puede cambiar el rumbo de una persona de forma muy considerable.

Algunas veces en la vida he tenido la sensación de que todo está conectado, que a veces se juntan demasiadas coincidencias en el momento oportuno, que el destino existe, porque hay cosas que no podemos controlar ni prever…así que cada vez creo menos en las casualidades y más en Dios.

 

Hace cosa de un año y medio, una joven italiana de Roma, que empezaba a aficionarse a los toros, me contactó a través de un viejo amigo periodista para hacerme una entrevista sin mucha importancia; yo acepté y le conté mi experiencia en el mundo del toro, como tantas veces ya lo había hecho con otros. Ella ha estudiado cine y, al igual que yo, se ha enamorado de España y de la tauromaquia y, al igual que yo, es una romántica y valiente, dispuesta a hacer lo que sea para realizar su sueño sin importarle que la llamen loca o insensata (esos serían los adjetivos más suave que podrían emplear). Su sueño es hacer una película diferente sobre los toros, y me ha elegido como medio para realizarla, ya que en mi historia ha encontrado el vehículo perfecto para acercar la corrida a otros italianos y desmitificar la supuesta crueldad de la tauromaquia, exaltando los sentimientos y realzando el lado artístico y el respeto al toro, procurando así derribar la barrera de prejuicios de los animalistas.

 

Al principio pensé que sería un reportaje banal como otros tantos, pero su sensibilidad por el arte la ha llevado a imaginar un proyecto diferente y muy ambicioso que, a base de constancia y tesón, está consiguiendo desarrollar con la ayuda de alguna productora (a la que ha costado mucho convencer). Poco a poco su película está tomando forma y al final yo también me he dejado llevar por su entusiasmo y por ese romanticismo que tenemos en común (ya tan poco común en los tiempos que corren) que es la savia de nuestras vidas y el motor que nos empuja a seguir adelante.

 

Yo misma, siendo italiana, que he padecido desde muy joven la incomprensión y los improperios de mis compatriotas en contra de la corrida, no imaginaba que esta joven cineasta con pocos recursos fuera capaz de montar la que está montando y fuera capaz de convencer a nadie para realizar su proyecto. Le dije que era muy difícil, que el mundo del toro es muy cerrado y que sería imposible…pero ella no se desanimó y volvió a España una y otra vez y entonces me acordé de mí, hace 20 años, cuando mi lema era “Nada es imposible” y he terminado dejándome llevar otra vez por ese sentimiento y soltando otra vez las riendas de la imaginación, compartiendo el deseo de realizar esta obra que realmente puede llegar a ser diferente y hermosa.

Así que he vuelto a entrar en una plaza de toros para asistir al emocionante ritual, he vuelto a saludar a viejos compañeros toreros y amigos ganaderos, he vuelto al campo…y voy a volver a torear.

 

 

Cuando ella, en la primera entrevista, me preguntó cómo era la vida de un torero después de 10 años retirada le contesté que, en mi caso, había vuelto a reinventarme la existencia cambiando la muleta por los pinceles, pero también fui sincera y admití que una vez que te has enfundado el traje de luces y “has vivido en torero” es muy difícil ser cualquier otra cosa, pues no hay nada que pueda volver a llenarte lo suficiente como para olvidar el toro…es por ello que se dice que uno nunca deja de ser torero y que la mayoría siguen estando vinculados a ese mundo aunque ya no toreen.

 

Yo he estado debidamente apartada durante mucho tiempo, pero esta situación inesperada me ha vuelto a arrastrar hacía el pasado para revivirlo de una forma nueva. Volveré a torear para esta ocasión especial con una perspectiva muy distinta de la que tenía hace 15 años. Mi vida ahora no depende del toro…da igual en que lugar toree y no importan las orejas…tan solo sentir…emocionarme…disfrutar de la bravura del animal y poderlo compartir con las personas cercanas.

 

Creo que este es un regalo de Dios, que permite así que haga las paces con el pasado y aplaque ese escozor que siempre quedó en mi interior, ese rescoldo y esa necesidad de sacar para afuera lo que soy a través de la embestida de un toro…ese yo profundo y oculto que solo se manifiesta durante el toreo.

 

Este loco proyecto ha vuelto a despertar en mí la ilusión de vivir y de esforzarme, así que llevo ya un tiempo entrenando y preparando mi cuerpo para volver a torear, pronto empezaré con alguna becerra y dentro de un mes, si Dios quiere, podré volver a estar en el ruedo a solas con un toro, esperando que con su entrega y bravura nos permita a todos disfrutar de este arte efímero y eterno que es el toreo.

 

 

Le doy gracias a Dios por devolverme el aliento.