¿Quién soy?


Presentación

 

Creo que la mayor hazaña que una persona pueda llevar a cabo es conocerse a sí misma…y luego aceptarse, claro.
Me parece casi ridículo que la gran mayoría de las personas se pasen la vida intentando mejorarse cuando ni siquiera saben quienes son; y me da mucha tristeza pensar que otro alto porcentaje ni siquiera desea saberlo (así entiendo porque triunfan tanto los programas del corazón)…en fin…el reloj sigue dando vueltas imparable, y nuestra vida solo la vivimos nosotros.
Pues, bien, yo también estoy en esa difícil tarea de ir descubriendo, capa por capa, que es lo que se esconde en lo más profundo de mi naturaleza; no obstante, en treinta años ya se aprende algo sobre uno mismo, así que voy a intentar presentarme debidamente.
Soy una mujer muy normalita y suelo pasar desapercibida, a veces incluso voy un poco descuidada, no sigo las modas ni compro revistas de mujer.
Puedo ser un tanto pueril…sigo regateando con la vida, porque creo que crecer no es un buen negocio para los sentimientos, por eso, prefiero conservar dentro de mí ese pedacito de inocencia y credulidad infantiles, que a veces se nos escapan de las manos y nos hacen sentir como padres abandonados…tan adultos que todo nos parece una amenaza.
Suelo ser respetuosa con todo el mundo y sigo convencida de que la verdadera belleza de las personas está en su interior, por lo tanto no suelo juzgar a los demás por su aspecto exterior, ni mucho menos por la ropa que llevan…será por eso que me gusta la playa…al desnudarnos somos más nosotros mismos, y nos volvemos más sociables…pero bueno…ese es otro tema.
Soy una romántica incurable y una soñadora empedernida (podría admitir que parte de mi vida no transcurre en el mundo real), idealista, inconformista, exigente, introvertida, pero también paciente y tolerante.
Tengo una personalidad muy contradictoria, y estoy constantemente buscando el equilibrio entre corazón y mente, cuerpo y alma; sin embargo, en mi carácter no existen las medias tintas: yo soy de todo o nada…de blanco o negro; pero procuro que mis conflictos internos no alteren mi trato con los demás.
Soy una persona sincera, pasional y a menudo me gusta romper las reglas y salirme de los convencionalismos...quizás un poco excéntrica, y, aunque cueste creerlo, también bastante tímida.
A veces puedo ser impulsiva, otras veces excesivamente reflexiva…a veces un tanto agresiva, otras veces extremadamente dulce. Será por eso que en mi forma de pintar puedo tener estilos muy diferentes entre sí. Hay cuadros que he pintado más o menos en la misma época y cualquiera diría que no son obra del mismo creador, en fin...dicen que en la variedad está la gracia.
Suelo ser más bien un tipo solitario. Estas guerras internas a veces me dejan exhausta, y, por eso, necesito aislarme con frecuencia, refugiándome en la voz de la soledad… y la gente pregunta ¿Dónde está Eva? y Eva está cavando en las profundidades de la mina. De todos modos, por mucha análisis introspectiva que se haga, siempre habrá preguntas que no tienen respuesta…además creo que pensar demasiado es malo. Al fin y al cabo el verdadero arte nace de algo que no podemos encasillar y seguirá siendo un misterio.

 


Una gran aventura 

 

Un día lo dejé todo para perseguir un sueño. Decidí que el tiempo que me había sido asignado en esta vida tenía que convertirse en algo muy especial.
Cambié de país, conocí a gente, aprendí cosas, me hice torero, me jugué la vida con ilusión e incluso llegué a triunfar muchas tardes.
He dedicado diez años de mi vida al toreo, y no los cambiaría por otras vivencias, pero ahora esa etapa se ha cerrado para dar comienzo a otra faena…la que se torea con colores y se remata a golpe de pincel.
Cuando llegué a España no sabía coger un capote, al igual que hace un par de años no sabía manejar los pinceles…y heme aquí…con la cabezonería de siempre...más terca que una mula...aprendiendo el nuevo oficio sobre la base de mis propios errores, pero, eso sí, siendo siempre fiel a mi personalidad.
Soy ave de montañas rocosas y picos nevados. Hace algún tiempo (estaba trabajando en una de mis primeras experiencias escultóricas, que consistía en un retablo árabe) mi padre me dijo: ¿Es que no se te ocurren cosas más difíciles? (en sentido irónico, claro). Me paré un rato a pensar, y, realmente, me dí cuenta de que tenía razón. A lo largo de toda mi vida siempre había escogido los retos más difíciles y complicados. Entonces le contesté que cuanto más difícil es algo de conseguir, y más energía y dedicación pongas en ello, más grande y más llena resulta luego la satisfacción personal. Pero arqueó las cejas, y me contestó que cuanto más alta y abrupta esté la montaña, más probabilidades hay de caerse (mi padre ha sido alpino y algo sabe de eso). Reflexioné sobre aquellas palabras durante largo rato, y llegué a una conclusión: prefiero caerme de vez en cuando para poder volver a levantarme que quedarme sentada en el mirador de la mediocridad. Si hubiese pensado de otra forma jamás hubiera pisado una arena…y jamás empezaría un nuevo cuadro.

 


 

Una nueva vida

 

Después de dejar los toros decidí retomar una afición olvidada, que tenía desde que era adolescente, y cultivarla. Volví a familiarizarme con los pinceles y a practicar. La espátula también me resultaba un instrumento muy interesante, ya que desde siempre me obsesionan los volúmenes y he hecho también alguna incursión en escultura y modelación experimentando con diferentes materiales.
Mis primeros trabajos, naturalmente, no tenían nada que ver con los toros, pero sí reflejaban inconcientemente un estado de ánimo bastante negativo.
Tenía un conflicto interno muy fuerte: una parte de mí me obligaba a rechazar el toreo, porque la demasiada conexión con mi pasado me impedía concentrarme en mi nueva vida y evolucionar hacía otra dirección, y la otra no podía evitar recordar las emociones vividas.

Una parte de mí quería olvidar, pero eso me dejaba sin identidad y a la vez me bloqueaba. Había muchos días en los que no conseguía nada bueno, por mucho que me esforzase, algunos días los he pasado meditando y dando largos paseos o sentada en la orilla de un riachuelo, viendo correr el agua.
Estuve más de un año sin querer pisar una plaza de toros (ya como aficionada), porque todavía era como echar sal en una herida abierta. Pero, poco a poco, me di cuenta de que el hecho de haber tomado otro camino no significaba que olvidase el sendero ya recorrido; la herida empezó a cicatrizar y volví a acercarme a los toros desde la perspectiva de mi lienzo.
Quizás uno de los cuadros que más reflejan este paso de reconciliación conmigo misma sea precisamente el de “La Mujer Matador”(una especie de autorretrato), que, con simbología y gestos, denuncian de alguna manera mi desaprobación, liberándome, al fin, de esa negatividad que me había atosigado durante tanto tiempo. Desde entonces mis pinturas han empezado a ser más fluidas.